El sistema educativo actual se encuentra afectado por las transformaciones sociales y las
exigencias que implica la formación de las nuevas generaciones.
En un mundo cada vez más pos industrial y pos moderno, caracterizado por el cambio acelerado, la sensación de incertidumbre e inseguridad constante, las instituciones educativas parecen no poder ser tan flexibles y adaptables a los cambios cada vez más repentinos.
Las transformaciones en las relaciones de autoridad y en las familias, las modificaciones en el mercado laboral, la emergencia de nuevas subjetividades y nuevas formas de producción y circulación de los saberes, la masificación de la escolaridad, la fragmentación social producida por la expansión de la pobreza, la exclusión de grandes grupos sociales son aspectos que repercuten directa o indirectamente en el ejercicio de las prácticas docentes; modificando sus funciones y exigiéndoles nuevas obligaciones y saberes profesionales, que implican todo un desafío para el ejercicio de la profesión.
Desde diversos ámbitos se ha calificado al trabajo docente como un trabajo de riesgo participando de casi todos los indicadores de fatiga nerviosa que se consideran habitualmente: sobrecarga de tareas, bajo reconocimiento social, incertidumbre respecto a la función, falta de participación en las decisiones que le conciernen, individualismo e impotencia (Martínez y Otros, 2006). Sin embargo, los indicadores muestran que cada vez son más los que eligen el camino de la docencia.
En un mundo cada vez más pos industrial y pos moderno, caracterizado por el cambio acelerado, la sensación de incertidumbre e inseguridad constante, las instituciones educativas parecen no poder ser tan flexibles y adaptables a los cambios cada vez más repentinos.
Las transformaciones en las relaciones de autoridad y en las familias, las modificaciones en el mercado laboral, la emergencia de nuevas subjetividades y nuevas formas de producción y circulación de los saberes, la masificación de la escolaridad, la fragmentación social producida por la expansión de la pobreza, la exclusión de grandes grupos sociales son aspectos que repercuten directa o indirectamente en el ejercicio de las prácticas docentes; modificando sus funciones y exigiéndoles nuevas obligaciones y saberes profesionales, que implican todo un desafío para el ejercicio de la profesión.
Desde diversos ámbitos se ha calificado al trabajo docente como un trabajo de riesgo participando de casi todos los indicadores de fatiga nerviosa que se consideran habitualmente: sobrecarga de tareas, bajo reconocimiento social, incertidumbre respecto a la función, falta de participación en las decisiones que le conciernen, individualismo e impotencia (Martínez y Otros, 2006). Sin embargo, los indicadores muestran que cada vez son más los que eligen el camino de la docencia.
